El continente quejumbroso

Así definen algunos a Europa.
Transcribo un increíble extracto del artículo de Evelyn Waugh titulado "Convertido a Roma: cómo he llegado hasta aquí", publicado el 20.X.1930 en el Daily Express, casi un mes después de su conversión, el 29 de septiembre de dicho año. 
Agarraos. Lo de quejumbroso es poco. Y en los años que hay entre el texto y nosotros, poco ha cambiado el análisis. Sólo que Waugh da pautas.
"Creo que, en la fase de la historia europea en la que nos encontramos ahora, la cuestión ya no se dirime entre el catolicismo, por una parte, y el protestantismo, por otra, sino entre el cristianismo y el caos... Por todas partes vemos hoy la negación práctica de todo lo establecido por la cultura occidental. La civilización —y no me refiero al cine hablado o a la cocina envasada, ni a la cirugía o a la higiene, sino a la total configuración artística y moral de Europa— carece en sí misma del poder de sobrevivir. Su supervivencia le ha llegado a través del cristianismo, y sin este no tiene sentido ni tiene fuerza pedir lealtad. La pérdida de fe en el cristianismo y la consiguiente falta de confianza en los principios morales y sociales se ha visto encarnada en el ideal de un estado materialista y mecanizado... Ya no es posible... recibir los beneficios de la civilización y, al mismo tiempo, negar la base sobrenatural sobre la que ésta descansa".

Eso intentan algunos hace años bajo la capa de "cristiano cultural". Es un espejismo: no puedes talar un árbol y esperar que siga dándote sombra. Algunos ateos famosos deberían darse cuenta. Y tirar de los efectos a la causa: ningún árbol malo da frutos buenos, aunque todo árbol bueno puede dar frutos dañados a veces (si no se riega, por ejemplo). El ateísmo en sí no ha dado ningún fruto saludable. 


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