Eso decía Wyslawa Szymborska, premio Nobel de Literatura en el 1996. Murió hace unos años, en febrero de 2012.
Sabía lo que decía. En la actualidad, el fútbol y las pantallas son los pasatiempos favoritos, que llegan a drogarnos. Sostienen algunos que es un cambio más que tecnológico: antropológico. Bien podría ser: el hombre es sumamente plástico.
El uso indiscriminado de internet nos hace dependientes y potencia en nosotros unas capacidades nada despreciables. El problema es que disminuyen otras, algo más vitales, por lo visto. Es la diferencia entre el asombro y la fascinación, como me explicaba mi genial profesor de filosofía. La primera es motor de saber; la segunda atonta, porque avasalla con tanto dato que no llega a ser dato porque no es asimilado. A base de recibir tantos inputs por segundo, hemos perdido la capacidad de recibirlos. Ya no miramos, sólo vemos. Eso sí: hemos ganado la de manejarnos a gran velocidad por el ciberespacio.
Somos ratas de internet. Ratas mareadas. Lo que decía Jean Guitton en Mi testamento filosófico se está cumpliendo letra por letra. Ahora más que nunca, internet nos salvará de los idiotas perdidos, que son quienes sólo saben dónde están los datos.
Lo que urge —ahora y siempre— es aprender qué significan las cosas y qué hago con el material que se me ofrece, una vez separados los datos ciertos de la escoria. Es decir, que a quien sonríe por el simple hecho acumulativo y cuantitativo de que "en internet está todo", se le borrará la sonrisa cuando piense —si llega tan lejos— que eso va en su contra en lo que a su mejor yo se refiere. Sólo quienes tengan cerebro, y no sólo cráneo, sobrevivirán. Y gracias a Dios, no son pocos.
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