He visto esta simpática e impactante imagen en una foto de un amigo. Me parece muy buena metáfora.
Lo cierto es que, como muchas buenas metáforas, ya la usó san Agustín, ese explayboy que llegó a obispo:
Amor meus, pondus meum; illo feror, quocumque feror.
Es decir: “Mi amor es mi peso; por él voy dondequiera que voy”. Así lo dijo, hace 15 siglos.
La sonrisa habitual, hasta en los momentos de cansancio y dolor, depende de la alegría que uno tiene en su vida. (Dejo ahora de lado los efectos del alcohol en nuestra cara). El corazón engorda con el amor; con el que da y recibe, pero especialmente con el primero. Por eso, como decía también san Josemaría —¡qué manía tienen los santos en ponerse de acuerdo en las cosas más importantes!—en otro texto breve:
Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado.
Toma del frasco, Carrasco.
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