
Digamos que la historia tiene todas las características de un clásico: además de estar escrita con gran maestría en recursos narrativos y amplio vocabulario, es humana hasta los límites. Los clásicos siempre retratan así más fácilmente a hombres de una pieza, con muchos matices y mucho carácter.
Además, la historia es hasta sobrehumana, debido al trato que concede a la fe: la historia trata sobre la vida de un sacerdote... sacerdote. Se ve que Cronin conocía bien el material de primera mano. Que era un católico, vamos. Y que sabía lo complicado que es eso: habla de los pliegues más ocultos del alma. De esa vanidad, de esa soberbia espiritual, de esa lucha por no creerse mejor que nadie, de la dificultad que tiene darse a los demás sin pensar en uno, de la lucha que es necesaria para controlar el mal carácter y ser dulce con quienes no lo son, etc. Una maravilla.
Pero quería centrarme en tres frases, separadas apenas cinco líneas.
El contexo: en un momento dado, el padre Chisholm, sacerdote ejemplar por muy humano y muy sobrenatural, toma su diario y echa la vista atrás. Ahí lee cómo atendió los últimos de una monja, una estrecha colaboradora suya, abnegada como pocos. (La muerte, ese tema. La muerte, ese momento que a todos llegará. Singularmente. Solos, por más que podamos estar acompañados). Y lee el buen padre unas frases que describen como, en la próximidad del deceso, la conversación se volvió casi torpe, "casi insulsa", dice. Y que por ese motivo no se atreve a transcribirlas, por el simple miedo de que, quien no las ha vivido en su carne, pueda tomárselas a risa y hacer burla de ellas. En ese momento, A. J. Cronin, como uno de los grandes, se eleva de la anécdota al pensamiento fuerte: eso le hace clásico. Sin coger apenas carrerilla, escribe:
Y el mundo -¡ay!- no mejora con las burlas.
Hala. Ahí está ese bofetón a nuestro amado siglo XXI. Nos sobran. Por todas partes. Y nos falta construir. Qué fácil nos resulta decir una tontería para evitar el dolor, o un problema.
La otra frase a la que quería hacer referencia es otra obra maestra, por su profundidad, escondida en una aparente sencillez. Lea usted, amable lector:
Ver un semblante apagarse en paz, afrontar serenamente la muerte, sin temor alguno… ennoblece el corazón.
Un gran verdad. Y por eso, opino, es un gran error, ocultar la muerte de los seres queridos.
Punto y aparte. ¿Y de qué tema habla Cronin, siguiendo con el recurso de que el sacerdote protagonista lea su diario? Del nacimiento de un nuevo chico de un amigo colaborador suyo. Vida y muerte. Tocándose. Como en la realidad más real que vivimos todos. (Acabo de cogar el teléfono: un amigo mío que se casa. Y hemos hablado sobre un funeral del padres de un amigo). La vida es así: todas sus fases son importantes, porque son reales. Y no hay que esconderlas, sino incorporarlas a la vida misma.
Los grandes clásicos -y Cronin bien puede ser considerado uno de ellos- nos ayudan a hacerlo con acierto.
Recomiendo, por si fuera necesario, leer no solo este libro sino "La ciudadela", otro libro estelar del mismo autor.
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