Releyendo La Odisea en 2025: Canto XI: la muerte y la familia (y otra vez el alcohol)


En el Canto XI, cuya pertenencia a La Odisea ha sido discutida, Odiseo desciende al Hades para consultar al ciego adivino Tiresias, siguiendo el consejo de la hechicera Circe. Tiresias le profetiza los peligros que enfrentará en su regreso a Ítaca: la ira de Poseidón y la importancia de no tocar el ganado sagrado de Helios. Además, se encuentra con las almas de su madre Anticlea —que le informa sobre la situación de su hijo y su mujer en Ítaca—, y con héroes como Agamenón y Aquiles, que le cuentan sus trágicos destinos. Después de escuchar todas sus historias, regresa al mundo de los vivos.

Quisiera, para empezar por el final, comentar cómo, casi a modo de anécdota marginal, Odiseo encuentra a su compañero de fatigas, Elpénor, en los infiernos. El diálogo es casi cómico:

Elpenor, ¿cómo has bajado a la nebulosa oscuridad? ¿Has llegado antes a pie que yo en mi negra nave?
Así le dije, y él, gimiendo, me respondió con su palabra:
—Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, me enloqueció el Destino funesto de la divinidad y el vino abundante. Acostado en el palacio de Circe, no pensé en descender por la larga escalera, sino que caí justo desde el techo y mi cuello se quebró por la nuca. Y mi alma descendió a Hades.
¡Qué estúpida manera de morir, y aún mayor estupidez culpar a no sé qué dioses de que uno va borracho y no se tiene en pie! Si no quieres partirte la cabeza (las vértebras), no bebas tanto. Otra de las consecuencias.
Sigamos adelante, que ya con este breve comentario es más que suficiente. 

En el lugar de los muertos, Odiseo se encuentra con su madre. Es un encuentro muy fuerte: ella no había muerto al partir Odiseo de Ítaca. Y, en efecto, lo que hace es preguntarle por su familia: su mujer, su hijo y su padre... y ella misma. El relato está lleno de patetismo.
Más que comentar algo, querría señalar lo obvio: cuando alguien está en los peores lugares —y en los mejores— de quienes se acuerda es de los suyos: de su familia, en primer lugar. Y, después, de sus amigos. El corazón tiene sus leyes naturales. Tanto, que es poco natural no acordarse de ellos.
Y es de lo más el dolor que se siente por la lejanía. Así se comprende el de Penélope y el de la propia madre, que "murió de dolor".  
Vayamos ahora al texto donde explica su desoladora situación:
Ella (su mujer) permanece todavía en tu palacio con ánimo afligido, pues las noches se le consumen entre dolores y los días entre lágrimas. Nadie tiene todavía tu hermosa autoridad, sino que Telémaco cultiva tranquilamente tus campos y asiste a banquetes equitativos de los que está bien que se ocupe un administrador de justicia, pues todos le invitan.
Tu padre permanece en el campo, y nunca va a la ciudad, y no tiene sábanas en la cama ni cobertores ni colchas espléndidas, sino que en invierno duerme como los siervos en el suelo, cerca del hogar —y visten su cuerpo ropas de mala calidad—, mas cuando llega el verano y el otoño... tiene por todas partes humildes lechos formados por hojas caídas, en la parte alta de su huerto fecundo en vides. Ahí yace doliéndose, y crece en su interior una gran aflicción añorando tu regreso, pues ya ha llegado a la molesta vejez. 
En cuanto a mí, así he muerto y cumplido mi destino: no me mató Artemis, la certera cazadora, en mi palacio, acercándose con sus suaves dardos, ni me invadió enfermedad alguna de las que suelen consumir el ánimo con la odiosa podredumbre de los miembros, sino que mi nostalgia y mi preocupación por ti, brillante Odiseo, y tu bondad me privaron de mi dulce vida. 
 


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