El timbrazo encontró a Margarita Díez-Sánchez de Cupriles a punto de salir de su casa, en la puerta misma. Iba con prisas, porque llegaba tarde a recoger a su hijo menor a las clases de piano. Con un mohín de disgusto que una elegancia fuera de lo común logró disimular, abrió la elegante puerta. De modo automático, examinó al curioso individuo que pretendía entrar. Era un ladrón: de pies a cabeza.
—Ni se le ocurra hablar con eso puesto —le espetó Margarita. El ladrón llevaba una media de lana negra bastante tupida enfundada en la cabeza que se ajustaba a su poderosa mandíbula, detalle que no pasó inadvertido a Margarita—. Está usted frente a una respetable señora.
—Perdone, pero se me ha movido —dijo, con toda calma. Se colocó la media de modo que el agujero frontal que había hecho coincidiera con la boca sin que los ojos perdieran visión. Luego, siguió hablando—. Le he dejado a mi hermano Vladimir el mío y éste me va un poco justo.
—Ya veo. ¿Y qué se le ofrece? —preguntó con cierta curiosidad.
—Vengo a robar, si no le viene mal.
—Pues, la verdad, me estaba yendo.
—Ya, ya… A buscar a su hijo a piano, ¿no?
—Así es. Pero me he retrasado, precisamente hoy. Lo siento.
—No pasa nada. Quizá me he adelantado yo un poco —se excusó, intentando en vano mirar qué hora era: la media se había escurrido hacía arriba y apenas veía por el minúsculo resto de agujero que quedaba.
—Bueno —concluyó Margarita tras una breve pausa—, veo por su cara y sus brazos que tiene usted una fuerza descomunal, así que será mejor que pase. Mientras tanto, llamaré a la policía. Venga conmigo. Cierre la puerta y entremos, que vamos a coger frío.
—Muy amable. Después de usted —dijo, a la vez que le hacía una teatral reverencia y la dejaba pasar.
Margarita cerró la puerta con pausa y hasta con solemnidad. Se había quitado ya el abrigo de visón y se disponía a colgarlo, pero le pareció que el ladrón iba a pedírselo de todos modos.
—Se lo dejo en el saco. Mejor no lo doblo mucho, ¿verdad?
—Por supuesto. Muchas gracias. En el saco de la derecha. El otro está algo sucio.
—¿Conoce usted la casa… —preguntó Margarita, con la célebre pausa involuntaria que genera la duda o la ignorancia llana.
—Mitia. Me llamo Mitia.
—¡Mitia! Bonito nombre. ¿Es usted ruso?
—De pura cepa.
—Pues no habla mal el castellano, la verdad —admitió, risueña, Margarita—. De pura cepa…
—Lo suyo me ha costado. Estudié en Salamanca. Usted conocerá perfectamente a Tolstoi y Dostoievski…
—Naturalmente.
—Pero debe saber también que Quevedo, Góngora, Cervantes, Espronceda y compañía no se limitaron a sostener un lápiz entre sus dedos… y a emborronar con él miles de hojas…
—¿Es usted filólogo?
—Doctor en filología por su archiconocida y celebérrima universidad de Salamanca —a Mitia le brillaban los ojos. Estaba encantado de poder usar por fin con alguien dos de sus adjetivos favoritos.
—¡Qué interesante! ¿Y sobre qué versaba su tesis?
—¿Mi tesis? Sí… Mi tesis.
—Pero bueno, si no quiere, o no es oportuno… —volvió a disculparse Margarita, que había notado el apuro del ladrón.
—Eso es: dejémosla por el momento —sugirió aliviado—. No es que no quiera contarle, pero su casa tiene, entre otras muchas cosas, una acústica perfecta, y yo —y en ese momento gritó con todas sus fuerzas una palabra malsonante en ruso, que resonó hasta en el último de los cajones del más escondido armario— tengo buena voz.
—Ni que lo diga —Maragarita que, sin ser experta en ópera o doblaje, había oído muchas voces, estaba impresionada. Tanto, que se entretuvo un momento a hacer internas consideraciones sobre el potencial del ladrón: “¡Qué lástima que desaproveche ese talento!”, y otras similares. Pero Mitia le sacó pronto de sus cavilaciones:
—Entendido. Pues, mire: yo le cuento mientras voy robando, si le parece.
—Me parece, sí. Conoce la casa, ¿no?
—Como la palma de mi mano.
—Entonces no se hable más. No le distraigo. Yo llamo a la policía, y usted, a sus cosas. O, bueno, ¡a las mías! —dijo entre risas. A Mitia también le hizo gracia aquella estupenda ocurrencia. Tanta, que, aunque ya estaba subiendo a la planta alta, se volvió en plena escalera para que Margarita lo supiera:
—Es usted simpática: lamento robarle.
—No se preocupe: “Quod natura non dat, Salmantica non praestat” . ¿No es así?
—¡Caramba! ¿Estudió usted también allí?
—¡No, no…! ¡Ojalá! Yo estudié biología, en la Universidad de Barcelona… Pero vaya haciendo, ya le cuento. Aunque no tengo ese vozarrón, también me defiendo —y, llegados a este punto, cometió uno de sus pocos errores. Intentó concatenar cinco notas en una escala demasiado aguda: do, re, mi, fa, sooool…. Y un gallo magnífico, e inesperado, acudió al encuentro a la tercera nota. La situación fue para Margarita algo sofocante. La vergüenza cubrió de golpe su cara. Mitia era un ladrón, sí; pero sabía estar en los sitios y entender a las personas, así que dejó al instante la estatua de mármol que tenía ya entre manos, y bajó a consolar a la dueña de la casa.
—No se preocupe, por favor. ¿A qué viene esa cara? Tiene usted muy buena voz, créame.
—¡Ay, mi buen Mitia…! La tuve…. La tuve en su día. Pero el tiempo vuela, hijito —dijo a punto de sollozar—. Anda, date prisa.
—Lo siento de veras. Pero no diga usted tonterías: tampoco es un vejestorio.
—¡Venga, venga! —dijo gesticulando como quien espanta a unas palomas—. A otro perro con ese hueso…
—Lo digo en serio. Y por cierto, no se olvide de llamar también a su marido.
—¡Ay, sí! Tiene razón. ¿Le conoce?
—Bueno, no personalmente. Pero le partió un brazo a mi hermano Piotr la última vez que estuvimos aquí.
—Sí: es cierto. Ahora lo recuerdo… Me habló de él —dijo y luego añadió, en todo de reprimenda cariñosa—: Su hermano, permítame que se lo diga, no es tan fuerte como usted. Ni tan caballeroso.
Mitia, que estaba en un tris de ponerse rojo, no dijo nada. Sonrió, hizo la segunda reverencia de esa tarde a Margarita y subió de nuevo a la planta de arriba. Y a Margarita le pareció que, si armario empotrado pudiera subir brincando como un ciervo por la escalera, probablemente lo haría así.
El salón principal de la planta baja era, a la mirada de un profano, un estadio de fútbol: inmensa. Margarita se había encargado de decorarlo personalmente. Tenía varios ambientes. Sentada en un sofá que había pertenecido a su tatarabuelo, el descendiente del famoso Conde de Cupriles, no acertaba a recordar el teléfono de la policía. Al final decidió llamar al que de modo más persistente le venía a la cabeza. Resultó ser el de los bomberos, quienes amablemente la redirigieron a la policía, no sin antes ofrecer una ayuda que Margarita declinó: “¡Por el amor de Dios! Se trata solamente de un ladrón, no de un escuadrón de criminales sin conciencia moral”.
Después de hablar con la policía, consideró que era de educación mínima poner al corriente al bueno de Mitia sobre el tiempo real de que disponía para acabar su trabajo.
—¡Mitia, hijo! —chilló con cierta precaución, logrando evitar otro gallo, que habría herido su orgullo innecesariamente.
—Diga, señora.
—Acabo de hablar con los bomberos, y después con el agente Pérez, o López, o algo así… de la policía. Me han dicho que llegarán en unos 5 minutos, conque dése prisa.
—Gracias. Y por cierto…
—Dígame —avanzando hacia la escalera para verle la cara.
— Oiga, los candelabros…
—¿Cuáles?
—Los la cómoda barroca
—Sí, ¿qué sucede?
—Están marcados. ¿Es por algo?
—Sí —respondió cordialmente Margarita, que todavía no veía a Mitia—. Son un regalo muy importante para la familia
—Ah. Ok. Y, dígame: ¿tienen ustedes otros? Se venden muy bien…
—Sí, en la bodega.
—¿La bodega? —ahora era Mitia quien se acercó hacia donde sonaba la voz de Margarita. Estaba sorprendido por aquella bendita novedad—. ¿Tienen bodega? No la he visto.
—Pues sí. Y está bastante bien. ¿Le gusta el vino?
—Sí, por supuesto. Y el vodka. Pero dígame, ¿dónde está escondida? No vi nada abajo…
—Es que está en el ático. Al fondo de la buhardilla.
—También he estado allí. Es muy pequeña y apenas si hay libros y cosas viejas.
—No se ofenda, pero pensaba que era usted más hábil.
—Bueno, tampoco soy muy patoso.
—No se me enfade —dijo con voz quasi infantil—. A ver, dice que sí vio los libros.
—Sí.
—Pues detrás de los libros…
—Ya no hay libros: se los llevó mi hermano —replicó Mitia, herido en su orgullo por un momento.
—¿Vladimir o Piotr?
—Vladimir. No consigue venderlos. Sólo los de Aranzadi. De derecho.
—Sí. Son inútiles.
—Pues sacó 43€. Más gastos de envío. O menos gastos de envío. No sé. Pero no se pare: dígame dónde está la bodega. Me interesan los candelabros, si no es mucha molestia…
—Perdone… —dijo Margarita—. Me ha llegado un wadsapp de mi marido. Que está llegando. Parece alterado. Le digo que… tranquilo… —leía mientras trataba de escribir— que es… un buen topo… ¡Uy! Perdone… Tipo. Eso, con i. El teclado táctil. No me he acostumbrado.
—Yo usaba Blackberry, que es más cómoda. Pero hemos ido robando iPhones y ahora tengo el mismo problema que usted. Con el añadido de que escribo con guantes.
—No quiero ni pensarlo.¡ Menuda tortura!
—Ni que lo diga. No sabe la de malentendidos y peleas que he provocado por no revisar lo que escribía. Ya sabe.
—Naturalmente—concluyó Margarita, comprensiva—. Bueno, pues detrás de los libros de Aranzadi hay una cortina. Y detrás, una puerta.
—Claro. La puerta —dijo—. Pues, si me permite…
Y oyó el delicado “por supuesto” de Margarita cuando sus brincos habían llevado su pie al el decimotercer escalón.
Un segundo timbrazo sonó en ese instante.
—¡Debe de ser mi marido! —chilló Margarita, dando lugar a un fabuloso gallo—. Prepárese. Ha venido demasiado deprisa, conque debe de estar muy enfadado. Si le coge, le abrirá la cabeza. Como mínimo. Y no soporto las manchas de sangre.
Lógicamente, Mitia no respondió. Ya estaba lejos, con sus dos sacos cargados hasta arriba, candelabros incluidos. El patoso de Mitia había salido por la portezuela trasera de la bodega. Ni siquiera Margarita recordaba su existencia.
—¡Cariño! —dijo Ricardo, el majestuoso esposo de Margarita. Se le veía algo tenso—. ¿Dónde está ese desagraciado?
—Ya se ha ido. Se ha llevado mi visón.
—¿Vladimir?
—No, cariño. Su hermano: Mitia. Es mucho más fuerte —explicó—. También se ha llevado los candelabros.
—¿Los marcados? —preguntó con cara de preocupación.
—No, los otros. Y supongo que alguna estatua de las de arriba.
—¿Las de mármol, o las de alabastro?
—No sé. No lo he visto.
— ¿Y ha dicho cuándo volverá?
—No.
—Pues nada —dijo, y se sentó, despreocupado, en un sofá, al lado de su mujer—. Y tú, ¿cómo estás?
—Un poco afónica, me temo.
—Vaya, lo lamento.
—No te preocupes, cariño.
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